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miércoles, 27 de julio de 2016

DIARIO.



Toda la vida sola, solitaria, 
no posee manada un unicornio,
y el cierzo despiadado, con violencia,
hace que corran lágrimas, quemando
estas pupilas, 
tinta con la que escribo.

Torres erguidas, chopos inclinados,
aullidos lastimeros de lobos invisibles, 
polvo que se levanta quince metros de altura;
junio dormido y febrero despierto.


Gárgolas negras cantan cerca de las ventanas, 
se va el sol incendiando los puentes sobre el río;
se esconden las palomas y callan los gorriones
y gritan las sirenas sin parar noche y día.

Qué terrible misterio los rostros de la muerte
cuando a los míos muda aún con vida en las venas
y tienen las miradas tres puntos suspensivos.

Voy a plantar adelfas, azules amapolas,
y un ciprés que resista una horca en mi cuarto.



© María García Romero.