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martes, 7 de junio de 2016

MIENTRAS DORMÍA.



Yo no quiero evocar el paraíso
ni el infierno que habita en la materia onírica,
no diré que es un mundo paralelo,
una llave secreta, poderosa,
que olvidaron los dioses, o es un regalo
que a manejar no hemos aprendido.

En el pasillo, en plena madrugada,
me levanta una urgencia que podría esperar,
de repente lo advierto, no soy yo, aunque soy,
y ese terror extraño, ese frío me hiela,
y corro sin moverme a encerrarme en mi cuerpo.

Entro en una espiral inexplicable
-vida y muerte, se dan cita en mi cama-,
me apuñala un sicario que busca a otro sicario;
mi padre no está muerto, y con sus brazos
trata de protegerme, inútilmente,
sin dolor me desangro, porque soy yo la muerta.

Ya no conozco nada ni siquiera el paisaje,
el caos me cercena el cuello y la cordura,
y quiero despertar con mis ojos abiertos
de esta noche que tiene el corazón parado.

Hay un ángel blanquísimo a los pies de mi cama,
está aullando mi perro a las claras del día.



-No tiene pulso.¿Hora de la muerte?
-Las tres de la mañana, parecía dormir.


       
©María García Romero.